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domingo, 8 de enero de 2012

Políticos y reinados: ¿de profesión o de vocación?

Si algo de positivo ha traído la crisis actual es que ha obligado a la sociedad a abrir los ojos y darse cuenta de la mediocridad e incapacidad que domina a la clase política para resolver los problemas más acuciantes. Además de que han sido los políticos, con la inestimable ayuda de la banca, los responsables directos de originarlos. También es sabido que los grandes problemas nunca pueden ser resueltos al mismo nivel de pensamiento con el que se crearon. Así, El País publicó hace tiempo un artículo en el cual se cuestionaba la necesidad de la existencia de la figura del político profesional, ese individuo que se gana la vida, y demasiado bien por cierto, de su actividad. Nada parece haber cambiado desde que Einstein dijese que el destino de las naciones no debe dejarse inevitablemente en manos de los irresponsables dueños del poder político, añadiendo al efecto que en lo que se refiere a intelecto y moralidad no puede considerárseles una representación del sector más avanzado.

En un mundo tecnológico en que el único y poderosísimo dios que sobrevive para dictar los destinos de la humanidad es el dinero, el rampante narcisismo queda como el último bastión de la personalidad para evitar su astillamiento y desmoronamiento final (Wilber). Lo más sabio entonces sería que las personas que representen a sus sociedades fuesen aquellas que estén de vuelta de las ambiciones que mayormente ansía el hombre moderno: dinero, fama, poder y egocentrismo, seres autorrealizados cuyos valores y evolución personal ya han ascendido a un estadio superior de conciencia, una integradora, compasiva, generosa y empática, desde la cual la vocación de ser útil destrone toda intención y ambición de autoservilismo, muchas veces disimulado bajo la tantas veces hipócrita bandera de cualquier ideología dualista, sea de derechas o de izquierdas. Por ello, en estos momentos, en vez de esa seudoreligión de la política profesional, lo que la sociedad necesita son políticos que sientan una llamada vocacional hacia una política integral y ambidextra que además consiga enterrar para siempre esa trasnochada rémora psicosocial de “las dos Españas”, relegando al olvido toda división confrontadora derechas-izquierdas, que tan poco, si algo, significa ya.

También parece fundamental no dar otra oportunidad a que se repitan algunos archiconocidos errores, como los que recientemente hicieron ministros y ministras a seres ineducados, bastos, incultos y con una más que deficiente preparación intelectual, cultural y moral, pero tampoco a seres con consciencias narcisistas, egocéntricas, pedantes y megalomaníacas, de lo que presunta y presuntuosamente hace gala habitualmente algún ex-presidente del gobierno. Desde la vorágine de la crisis no queda otro remedio que preguntarse: ¿cómo se atreven esos parlamentarios a reír en público ni una sola vez? ¿No nos están diciendo claramente sus continuas actitudes que es hora de dar paso a las mejores y más serias personas entre aquellas cuyas trayectorias individuales hayan demostrado todo lo que tenían que demostrar en sus respectivos campos y vidas, sean quienes sean y vengan de donde vengan? Unos pocos que no necesiten ni más dinero ni fama ni poder ni inflar más sus egos. Únicamente a modo de ejemplo, uno se imagina con alegría y esperanza un presidente con un nivel de conciencia como la del recientemente fallecido Václav Havel, un ministro de sanidad tipo Valentín Fuster, alguien en economía del calibre creativo de un Florentino Pérez o un rejuvenecido Jose Luis Sampedro, un ministerio de cultura perteneciente a esa nueva culturización superior de un Salvador Pániker o un Ken Wilber a la española, alguien en educación o exteriores tipo Mayor Zaragoza, en deportes de la categoría personal de un Rafa Nadal o un Del Bosque, etc. Eso si dicho tipo de de personas aceptase, lo cual es muy dudoso.

Vivimos en un mundo lleno de conflictos y paradojas aparentemente insolubles, donde, y porque, la superficialidad y la estupidez imperan. Decía Ortega que los conflictos y la violencia provienen de mezclar diferentes estadios de conciencia, lo que hoy se observa en todas las facetas de la vida, desde en las relaciones personales y sociales a la familia y la política. Los más evolucionados, aquellos cuyas intenciones y valores les permiten moverse por encima de todo interés personal y egoísta, y cuyas motivaciones están a nivel de la empatía, la generosidad, la inteligencia, la sabiduría y la compasión universal, y esta última no sólo por los semejantes, sino por todos los seres vivos, al poder. Seguro que además irían de la mano de un Leonardo da Vinci cuando dice que un día los seres humanos se darán cuenta de que torturar y matar a un animal y hacerlo con un hombre es exactamente lo mismo, y de la de Gandhi cuando enseña que a una sociedad se la conoce por la forma en la que trata a sus animales. Suena paradójico también, así como incongruente y de difícil mezcla, que un rey disfrute de la caza mayor, cuando no de esa barbarie cuyas leyes no escritas representan la crueldad más inimaginable como son las monterías, mientras que su reina defiende amorosamente diversas sociedades protectoras de animales. Y es que en general es la superación de estas escandalosas rupturas psicoespirituales, bloqueos y conflictos evolutivos lo que impide el tan necesario y anunciado cambio. No es tan importante que un rey se vaya a cazar a Bostwana o a la Conchinchina como lo sería el que diese ejemplo de plena humanidad y compasión, y si no exigirle aquello de que “nobleza obliga”. No se entiende que ningún espíritu humano elevado sea capaz de disfrutar practicando una sanguinaria caza mayor, e incluso defender la innegable crueldad de las corridas de toros, como un Vargas Llosa o un Sánchez Dragó, esa alternativa moderna a los primitivos y sedientos de sangre espectadores del circo romano. Mucho mejor sería seguir los sabios consejos dirigidos a estimular la elevación espiritual, sabiduría e indiscriminada bondad de los reyes de todos los tiempos según enseña el libro “Wen Tzu” (Editorial Edaf). Nunca es tarde para casi nada, salvo para algunas situaciones críticas para las que mañana es siempre demasiado tarde. En resumen: la naturaleza del problema es de evolución, de ascenso, personal y social, no de revolución. Mientras tanto, la sociedad, y el mundo entero, seguirán teniendo lo que la sociedad y el mundo merecen.  


Artículo publicado originalmente el 19 de Junio en el periódico El Correo, edición nacional y el Diario Vasco.

jueves, 14 de julio de 2011

Hacia un ascenso radical de la conciencia política. La vía del espíritu integral.

Hacia un ascenso radical de la conciencia política. La vía del espíritu integral.
Salvador Harguindey

“La sabiduría consiste en seguir dos caminos opuestos al mismo tiempo”.Lao Tse

“La espiritualidad es la forma más elevada de conciencia política.”Ángeles Arrién

Resumen

El enfoque de una política integral acogedora de la totalidad, también llamada política postconvencional, señala las limitaciones de las estrategias convencionales de la política actual para resolver los principales problemas en nuestras sociedades. Como alternativa, se ofrece una nueva aproximación de raíz dirigida a una praxis política psicológicamente más abierta, madura y evolucionada. Este paradigma exige un nuevo tipo de conciencia dirigida al espíritu y la conciencia humana de carácter universalizador. Desarrolla también un lenguaje diferente que a su vez es válido para todos los estadios de conciencia previos, un esperanto psicológico-político que está en condiciones de materializar una nueva visión lo suficientemente profunda y amplia para acoger, negociar y relacionar sana y pacíficamente las diferentes realidades, estados de conciencia y cosmovisiones en juego, llegando a poder aplicarse tanto a los conflictos dentro de una sociedad, a los diversos nacionalismos, e incluso a las relaciones entre civilizaciones completamente diferentes, ya sea en sus aspectos culturales, religiosos o evolutivos.


Introducción
Toda solución genuinamente superadora ha de pertenecer, por definición, a una dimensión por encima del nivel de conflictividad de un determinado problema. En este sentido, desde Albert Einstein a John White han concluido que ningún problema se resuelve en verdad al mismo nivel que se originó (Harguindey, 2000a). En consecuencia, para salir al encuentro de condiciones y soluciones verdaderas en la esfera sociopolítica, el desarrollo humano ha de progresar, ascendiendo a través de una serie de estados o estadios psicológicos de creciente madurez evolutiva, competencia emocional, sofisticación, empatía y compasión (Combs, 2000). De ahí que una nueva perspectiva radicalmente distinta es necesaria para integrar de forma sincrética cosmovisiones confrontadas, creadas y mantenidas por conciencias limitadas y valores contrapuestos, que tratan de imponerse desde sus respectivas posiciones parciales sobre la totalidad de la realidad, tanto interna como externa.
Las tres principales estructuras de la conciencia humana, junto con sus correspondientes valores y centros de gravedad, se resumen en la Figura 1. Dichos estadios, realidades o cosmovisiones distintas son: el modelo ancestral/colectivista/preconvencional o estadio II, el moderno/ individualista/ convencional o estadio III, y el integral/transpersonal/postconvencional o estadio IV. Cada uno de ellos acoge desde lo intrapersonal y subjetivo a lo social, objetivo y externo (Figura 1) (Harguindey, 1999b, p. 47).
Son cada uno de estos tres estadios o dimensiones los que predeterminan las bases de las diferentes agendas políticas (Wilber, 1995; Jordan, 1997, 1998a, Harguindey 1999). Condicionan asimismo las prioridades, escalas de valores, motivaciones y comportamientos de los individuos (Beck y Cowan, 1996). Llegan incluso a configurar la constitución anímica y los diferentes aspectos “religiosos” o espirituales del individuo: el ancestral-animista (estadio II), el moderno, propio de las civilizaciones mayormente cristianas de las democracias occidentales (III), y el adualista-panenteísta o unitivo e integral (IV). Este último resume en nuestro tiempo el espíritu detrás de la más honesta, bondadosa y sabia de gobernar y reinar, de clara influencia filosófica taoísta, según se explica de forma magnífica en recientes publicaciones (Lao Tse, 1994). Desde el punto de vista evolutivo, dichos estadios del espíritu humano conforman las diversas formas de ver el mundo a través de los llamados memes, a modo de estructuras de la conciencia que determinan, cual genes psíquicos, la forma en la que conforman toda la realidad externa (Beck, Cowan, 1996).
El estadio evolutivo convencional en el que se mueve la política oficial de nuestros días demuestra que su nivel de la conciencia, colectiva e individual, sobre todo en lo que atañe a lo intelectual, cultural y espiritual, no ha logrado mostrarse lo suficientemente amplio y elevado para acoger la globalidad de los complejos problemas existentes. Muchas de las desesperantes realidades del mundo actual piden un cambio pacífico, pero a su vez radical, basado en una nueva actitud que pueda ver más allá de los límites de cualquier realidad parcial y limitante, que al mismo tiempo sea capaz de acoger y defender las esencias básicas de cada una de ellas (Mindell, 1995; Beck y Cowan, 1996; Combs, 2000, Wilpert, 2000).

El concepto de política integral

Por este término se entiende aquella política que respeta las identidades y el verdadero contenido de todas las diferentes ideologías y realidades, tratando de integrarlas dentro de una cosmovisión sinérgica y sincrética donde todos salgan ganando. A su vez ha de estimular la sintonía entre unos y otros, así como una creatividad conjunta superadora de las diferencias naturales entre seres o colectivos distintos, para tratar de llegar a una síntesis humana unitaria del Conjunto Vital. Este enfoque permite comprender que lo que en la superficie se aparecen como “desacuerdos políticos” en profundidad se demuestran como un conflicto de valores e interpretaciones opuestas de lo que es, o cómo debiera ser, la realidad, que en esencia emanan de diferentes estadios de crecimiento y evolución colectiva (los “core patterns” de Beck y Cowan (1996) (Figura 1). Debido a esto, algunos especialistas en resolución de conflictos han llegado a la conclusión que “toda lucha y conflicto político se ha transformado, incluso desde su misma raíz, en una confrontación entre estructuras, estados y/o estadios diferentes de la conciencia” (Cowan y Beck, 1996; Jordan, 1996, 1998a; Harguindey, 1999; Combs, 2000).

De la enfermedad a la salud. “Demo-cracy yes -- Demon-crazy no”

Sólo se puede tratar de curar adecuadamente una enfermedad si el diagnóstico de su naturaleza íntima es correcto. La democracia, al menos en este país, parece haber `pasado de ser una “democracy” a una “demon-crazy”, lo que podríamos traducir como un “diablo enloquecido” o una “locura endemoniada”. Para comprehender algo desde su más íntima esencia a sus manifestaciones externas, es imprescindible llegar hasta su raíz más profunda (es decir, hender hasta la raíz para llegar al diagnóstico etiológico, o radical) en orden a primero acoger el todo comprehensivamente para luego construir desde allí un fuerte tronco y unas sanas ramas (Pániker, 1982, 1987; Grof, 1992, 1995; Harguindey, 2000a). Aunque, según ha afirmado Chopra (Chopra, 2000, p. 318), todos hacemos las cosas lo mejor que podemos desde nuestro propio nivel de consciencia. Por ello, la verdadera paz sólo podrá ser alcanzada mediante una negociación interétnica e intercultural basada en la búsqueda de una sana y profunda interrelación entre niveles y estadios diferentes, en este caso entre los valores tradicionales- ancestrales de la cosmovisión II, y la convencional-moderna, o realidad tipo III , pero interpretada desde la visión del estadio IV, estadio de conciencia a cuyo nivel la hipocresía, la corrupción y la búsqueda de poder y confrontación estén vedados de forma natural. Esta última cosmovisión o paradigma se empeña en crear un sentido de dirección universal, válida, justa y creativa para todos los seres y para todas las partes involucradas en un conflicto. Por ello, diversos investigadores y especialistas en el campo de la solución de conflictos políticos (Curle, 1995; Mindell, 1995; Beck y Cowan, 1996; Jordan, 1998a, 1998b; Rosenberg, 1999) han ideado diversas propuestas y soluciones alternativas inéditas que orientan en los nuevos senderos a seguir basados en la perspectiva integral y posconvencional, conocida también como “democracia profunda” (estadio IV, Figura 1).

Para enfrentarse con los males más serios y los conflictos más profundos las estrategias modernas del estadio democrático III, enfocadas principalmente hacia los derechos de los individuos y sus sociedades presentan dos problemas fundamentales que reducen, cuando no anulan, toda perspectiva de éxito. En primer lugar, existe una creencia exagerada en que las reformas de las estructuras externas de la sociedad, aunque sin menospreciarlas (leyes, aspectos económicos, jurídico-políticos, etc.) - los llamados “factores externos” - son el mejor, si no el único método, para mejorar nuestras sociedades, cambiar nuestras realidades y dar un sentido y una mejor dirección a nuestra vida, individual y colectiva. Las ideas, por muy bellas que se aparezcan ante los ojos, no pueden ser llevadas a cabo sin el correspondiente crecimiento, ascenso y transformación, tanto personal como colectiva de la conciencia humana, tal como ha dicho recientemente el Dalai Lama. Parece asimismo evidente que se podrían aliviar muchos problemas sociopolíticos si la mayoría de las personas estuvieran firmemente comprometidas a valores universalistas que corresponde al nivel de conciencia conocido como cosmocéntrico o integral-holístico de Wilber (Beck y Cowan, 1996; Wilber 2000a).

De las limitaciones y enfermedades del modelo político actual a un modelo adualista

El segundo problema y limitación que presentan las estrategias políticas convencionales es que el sistema político, incluso el más democrático, está enfermizamente invadido por una “mentalidad de adversario”, una perspectiva fundamentalmente competitiva que puede llegar a manifestarse como un neototalitarismo disimulado (Pannikar, 1999). La experiencia ha demostrado suficientemente que dicha mentalidad dualista y confrontadora crea más problemas de los que resuelve. Muchos políticos convencionales, que deberían estar comprometidos a lograr resolver los principales problemas, devalúan e incluso se oponen agresivamente a considerar soluciones globales, dando preponderancia la parcialidad. En vez de ello prefieren oponerse a los contrincantes políticos, ya sea por intereses personales o partidistas, estos últimos escondidos detrás de conceptos tan obsoletos como el de las “ideologías”. Esta actitud, cada vez más empobrecida y empobrecedora, parcial y limitada, se degrada progresivamente hacia una superficialidad y narcisismo rampantes, así como hacia el egocentrismo, la megalomanía, la vanidad y la pedantería política, creando en su caída pseudologías fantásticas de todo tipo de narrativas psicológicas elegidas según la identidad, apasionamientos, conveniencias, hipocresías y dependencias de cada cuál. Por nuestra parte, hemos criticado hasta la saciedad toda esta serie de “pecados” de la modernidad al mismo tiempo que nos hemos esforzado y seguimos esforzando por comunicar estos cambios y su “utopía posible” (Harguindey, 2010).

Por lo tanto, se comprende cada vez mejor el creciente desinterés público en las “políticas de partido” y sus dualismos, lo que en el fondo puede constituir un esperanzador signo de los tiempos. Esta tendencia indica que las verdaderas soluciones pueden residir en nuevas ideas, a ser posible inéditas, y no en trasnochadas ideologías. Ello coloca a los clásicos partidos dualistas (derechas-izquierdas) en los baúles del pasado. De ahí que los debates políticos convencionales se conviertan cada vez más frecuentemente en una constante, aburrida y repetitiva reiteración sobre camino trillado, siendo mayormente inútiles por mostrarse superficiales y exentos de creatividad ni originalidad alguna, e incluso buena intención, sinceridad y sabiduría. En definitiva, el estancamiento tanto en valores excluyentes y conciencias parciales se transforma en algo obviamente ineficaz para resolver los conflictos más serios y profundos, tanto dentro de una misma sociedad como entre sociedades y realidades distintas. La inevitable consecuencia defensiva de las clases políticas y sus políticos de profesión es la propensión de la mayoría a adherirse a puntos de vista rígidos e inflexibles, posicionamientos que inevitablemente llevan a todo tipo de frentismos. El dolor, la hipersensibilidad y el sufrimiento secundarios a dichas actitudes arrastran a unos y otros a un estado de soberbia y arrogancia que lleva al conjunto a tratar de imponer una determinada posición premeditada o interés particular sobre los contrincantes.

Por el contrario, el nuevo camino, adualista o supradualista, se abre a la perspectiva de acoger y sostener simultáneamente en nuestras mentes y actitudes realidades y cosmovisiones opuestas. Pretende transformar la realidad, de forma progresiva, pacífica y sinérgica, en una que supere la confusión, la fragmentación y el astillamiento actuales accediendo a una forma de cohesión superior. Esta ha de ser capaz de integrar sinérgicamente la totalidad del Conjunto Vital de forma pacífica y ordenada dentro de una nueva realidad, una no homogénea sino diversificada, que sea a la vez compatible con todas las diferencias e identidades tanto entre individuos como entre grupos (Panikkar, 1985). Se pretende lograr así una forma de comunicación que no pueda ser manipulada por egoísmos personalistas o intereses partidistas, y que a su vez ofrezca una visión supralaberíntica capaz de integrar y acoger los extremos más separados y las máximas complejidades de los diferentes contendientes.

Dicho paradigma postconvencional implica una dialéctica entre las diversas subjetividades libre de intento alguno de manipulación o dominación, quedando siempre por encima de cualquiera de las agresivas dialécticas monolíticas presentes, que no van más allá de representar monólogos interiorizados y excluyentes. En el nuevo camino del estadio IV, más evolucionado e integrador, el concepto de “diá-logo” significa “palabra entre dos”, lo que exige y comienza por escuchar desapasionadamente las preocupaciones y necesidades de otros, incluso de los oponentes, llegando incluso a intentar ver las cosas desde su punto de vista (por empatía y cambio de rol) , tratando así de buscar soluciones que tomen todos los factores en consideración a la vez que no se pretende en ningún momento imponer la opinión propia sobre la de los demás.

En este sentido, tanto la política actual, moderna e individualista, el llamado “Sistema”, poropio del estadio III, pertenece a un modelo confrontador debido a su propia naturaleza, ese que hace del amigo un enemigo y del hermano un extraño. Ahí ha de incidir precisamente la nueva aproximación conceptual IV, también conocida por algunos como “metapolítica”, política transpersonal o modelo aperspectival y transmoderno (Wilber, 1995; Ray, 1996; Jordan, 1998a, Harguindey, 1999; Panikkar, 1999). Esta última actitud, al contrario que las otras, tiende a hacer del enemigo un amigo y del extraño un hermano. Su pasión es la com-pasión, es decir, una profunda empatía, un ponerse al nivel y en lugar del desheredado e incluso del “enemigo”. Es pertinente recordar aquí la pionera frase de Abraham Maslow al respecto para resumir el nivel de conciencia política de la espiritualidad del estadio IV: “Desde la perspectiva transpersonal se puede proponer un programa político integral en media hora” (Maslow, 1989). Una de las principales misiones de este nuevo sendero también es la de llegar a las raíces para arrancar allí las causas del sufrimiento en orden a superar los estados mentales destructivos (Pániker, 1982, 1987; Panikkar, 1999). Esta perspectiva, que por desgracia es casi exclusiva de grandes hombres del espíritu y la cultura - los seres autorrealizadores definidos por Abraham Maslow, y que evidentemente no corresponden al político habitual de nuestros días -, coincide con el tipo de pensamiento sintetizado por la vasco-americana Angeles Arrién al afirmar que “la espiritualidad es la forma más elevada de conciencia política” (Arrién, 1993).

La necesidad de un crecimiento y evolución ascendentes

Es totalmente necesario que la perspectiva integral, en su aspecto de mediadora en un determinado conflicto, se mantenga por encima y/o fuera del nivel de conflictividad (Beck y Cowan, 1996; Wilber, 2000a, 2000b). Los diversos investigadores pioneros de este enfoque (Jordan, 1998, Schroder y cols., 1967; Kohlberg, 1969; Habermas, 1976; Rosenberg, 1988; Kegan, 1994; Wilber, 1995; Wilpert, 2000) han estudiado en profundidad y caracterizado los tres estadios evolutivos ya mencionados.

El estadio III (Figura 1) (estadio convencional, racionalista, ideología moderna, democracia global o cuantitativa), posibilita una moderada capacidad de integración de la complejidad. Al contario que el estadio II, donde predomina lo colectivo, en este caso el peso recae en el individuo, con su personalidad propia. Este se compromete a aceptar a todos los demás, por diferentes que sean. El individuo, y no la colectividad, pasa a ser el centro de gravedad de las sociedades modernas occidentales (Figura 1). A partir de la entrada en este estadio queda inaugurada la llamada “racionalidad”, con su libertad y responsabilidad individuales y un modernismo racionalista heredado de la Ilustración. En definitiva, el comienzo del estadio III representa también el nacimiento de “la persona” así como del humanismo moderno. Únicamente a partir de este nivel de individuación y responsabilidad personal se posibilita el concepto de democracia, que implica el respeto por los diferentes y las minorías, junto a un cierto grado de flexibilidad y tolerancia en la percepción e interpretación de la realidad, por compleja y variopinta que esta sea. Sin embargo, el ego está todavía encerrado y centrado sobre sí mismo (estadio ego-céntrico), aunque en una camisa de fuerza conceptual menos rígida que la del estadio anterior.

Sin embargo, incluso a este nivel la conciencia todavía se siente obligada a elegir entre “esto o aquello” (dualismo), no siendo aún capaz de acceder a un “esto y aquello” (adualismo), que será propio del estadio IV (Wilber, 1995). La política de derechas/izquierdas asciende por fin en una política “ambidextra” donde las ideas oscurecen las ideologías clásicas. Toda actuación desde el estadio III hace inevitable que siga existiendo abismo y ruptura insalvables, sin posibilidad alguna de curación o sanación integral, síntesis sinérgica o reconciliación de opuestos (Jung, 1971, 1989). Con estas limitaciones, el pensador lineal, orgulloso poseedor y a su vez víctima de la absolutización del racionalismo encarna el éxito y fracaso del meme de la modernidad. El que incluso entre los círculos políticos y científicos ortodoxos más prestigiosos, así como en un cada vez menos creativo y más burocratizado academicismo, aún no es capaz de construir contextos generales cibernéticamente interrelacionados u ofrecer soluciones globales e integradas (compárense valores del estadio III y IV en la Figura 1). Su capacidad de integración de la complejidad y su creatividad aún no están lo suficientemente desarrolladas, pendientes del ascenso, como salto cualitativo ascendente, necesario.

La mente del pensador convencional - el mediático político de nuestros días - no es capaz de concebir la resolución ideal de un conflicto de forma que todas las partes queden satisfechas, lo que por otra parte, no le interesa. Ganar-vencer, esa es la única respuesta que conoce y que hay que lograr a cualquier precio. Esto es debido a que sólo es capaz de considerar la existencia de metas incompatibles, competitividad y confrontaciones insolubles. Así que este enfoque y modo de razonamiento únicamente puede concebir que sólo el dominio de una parte sobre la otra, refrendado en las urnas como mal menor, es la única posible salida a cualquier desacuerdo, crisis o conflicto. Se habla de vencedores y vencidos, sin ser capaces de imaginar la posibilidad de que al final todos salgan vencedores y nadie vencido. Este modelo, que históricamente inauguró el concepto de estado nacional, sigue adherido a dicho modelo como el pensamiento único posible y lo políticamente correcto. En la vida individual o política el ser humano que sólo ha evolucionado hasta el estadio III, con sus valores rígidamente establecidos (Figura 1) desarrolla el sentimiento y la ilusión - que pronto se tornarán delusión y falacia -, de estar en posesión de una personalidad única y separada que representa su esencia última y las posibilidades máximas de su naturaleza. De estancarse en esa perspectiva, su ego se deslizará inevitablemente hacia un feroz individualismo ego-ísta, ego-céntrico y egó-latra, cuyo triste resultado final acaba en el actual narcisismo rampante, superficialidad, un relativismo y nihilismo conformistas y un postmodernismo “light”, chato, sin profundidad ni capacidad de ascenso, acabando la existencia vacía de sentido o significado alguno (Washburn, 1999).

En busca del alma perdida

Por otra parte, la personalidad convencional permite al ser humano hacer algo por los demás, pero siempre que, en primer lugar, ello sea beneficioso para sí mismo. Todo queda referido y supeditado a “mis” deseos, “mis” intereses, “mis” necesidades, “mis” relaciones, “mi” habilidad para mantener una concepción idealizada de mí mismo, “mi” imagen, “mi” fama, “mi” poder, “mi” dinero, “mi” ego, etc. La alienación inducida por este nivel llega en ocasiones a una insaciable dependencia de acumular prestigio, dinero, fama y/o poder en orden a aparecer como persona de éxito, importante, significativa, respetada, admirada, grandiosa, etc. Dicho sistema de valores define uno de los mayores pecados de la civilización occidental y del desalmado materialismo a ultranza de nuestros días, deficiencia que Carl Jung definió como la del hombre moderno en busca de un alma (Jung, 1971). Un alma que ese hombre ha perdido, lo que le asemeja y a su vez distingue del ser preindividualizado del estadio II que le precede, en que aquel todavía no la ha desarrollado, ni siquiera encontrado en muchos casos (Wilber, 1995; Jordan, 1998c). En la terminología de las dinámicas espirales de Cowan y Beck el estadio III corresponde a los colores naranja y verde, éste último a caballo tanto con el estadio anterior como con el siguiente (Beck y Cowan, 1996; Cowan y Beck, 1996 (Figura 1).
Pero el “alma” aún se puede reencontrar evolucionando o ascendiendo al estadio IV, para lo cual es imprescindible un cambio de conciencia, una revolución interior. Estadio que se caracteriza también por lograr acceder a una elevada capacidad de integración de la complejidad. Su nivel de conciencia trata de mostrar que las diferentes perspectivas pueden relacionarse sanamente las unas con las otras. Dicha concienciación pertenece a un estado de un elevado grado de desarrollo humano que defiende la cooperación solidaria sobre la competitividad confrontadora. En sus formas más maduras dicho marco de conciencia ampliada, desde personal a sociopolítico, puede llegar a estar en condiciones de acoger todas las paradojas, contradicciones e incompatibilidades existentes entre las diferentes perspectivas previas, salvo, tal vez, la regresión a una profunda psicosis (Washburn, 1999). La nueva actitud y perspectiva se utiliza para desarrollar propuestas creativas e inéditas en orden a actualizar toda nueva intuición. El odio creado por la interacción entre los estadios anteriores II y III, o incluso dentro de cada uno de ellos, se sustituye aquí por la compasión y la empatía, pudiéndose llegar a sentir sincero amor por el enemigo en los estadios evolutivos más elevados y adualistas (Frankl, 1979; Chopra, 2000, Wilber, 2000b).

Permitiendo el acceso directo a la raíz de un conflicto (Harguindey, 2009), la perspectiva postconvencional nos capacita para salir espontáneamente al encuentro de soluciones intuitivas que puedan satisfacer a todas las partes. A partir de ahora la posibilidad de identificarse con ilusiones o delusiones narcisistas, sean individuales o grupales, ya no es posible. Incluso el ego separado queda en un segundo término de nuevo, pero ya no al nivel prepersonal y no lo suficientemente diferenciado propio del estadio II, sino al del transpersonal, espiritual e intelectualmente evolucionado del IV. Asimismo, esta actitud logra que la vida adquiera un nuevo y trascendental significado (Frankl, 1979). La estructura mental de este nuevo estado se dirige al compromiso político desde el espíritu de lo metapolítico (Panikkar, 1999). Aspira a una autenticidad total y a promover valores sinceramente altruistas, mientras que toda otra motivación egocéntrica es superada, y así rechazada. La conclusión es que todos los seres humanos tienen el mismo derecho a que sus necesidades sean satisfechas y sus perspectivas consideradas, siempre desde una sincera humildad y bondad. De esta manera el ser humano se autotrasciende y consigue evitar todo tipo de comunicación violenta al mismo tiempo que da a su vida un nuevo significado y sentido (Rosenberg, 1999).
Sabemos que para liberarnos del sufrimiento hemos de aspirar a eliminar sus causas y raíces, según ha dicho recientemente el mismo Dalai Lama (Harguindey, 2007). Este pensamiento “holístico” enseña que la raíz del sufrimiento se halla en nuestra ignorancia, en los anhelos desenfrenados, en la ira y el odio, lugar donde la cólera se convierte en la más horrible y frenética de nuestras emociones negativas, antesala de toda perversidad incontrolada y el peor enemigo del hombre. Por ello, sólo un tipo de análisis radical, que posibilita el acercamiento al origen (¿cual ensayo retroprogresivo?) (Pániker, 1982, 1987), puede lograr desarraigar las causas de los conflictos y, de esta manera, superarlos. La nueva actitud creativa y nivel educativo que conlleva, consiste en ayudarnos a que las causas de dicha patología se desarmen a sí mismas por la vía natural, momento en que la crisis queda convertida en una oportunidad de superación.

En resumen, la perspectiva política integral ofrece un enfoque primordial para desbloquear situaciones inveteradas a través de una ingenuidad autoimpuesta, humildad, sinceridad y autoestima (todo lo contrario del narcisismo), mezclando la osadía con una gran dosis de prudencia. Finalmente, el investigador en la solución de integral conflictos ha de haber aprendido a vivir con elevados niveles de ansiedad y frustración sin caer por ello en el error de culpabilizar a otros por los problemas y limitaciones propias (Maslow, 1989; Harguindey, 1999). En el método de las dinámicas espirales de Beck y Cowan este estadio corresponde a los colores amarillo, turquesa y coral (Cowan y Beck, 1996) (Figura 1).

Vías para el desarrollo de una política integral
La concienciación principal del modelo integral ha de cooperar a dar un salto cualitativo desde el que establecer normas lo menos rígidas posibles para el funcionamiento de la sociedad dentro de programas concretos y construcción de procesos evolutivos abiertos. Se posibilita así el poder hallar satisfacción a las diversas necesidades, no siempre fácilmente compatibles unas con otras, dentro de identidades más globales y acogedoras del todo.

Las vías en las que la política integral se esfuerza son:

a) Los conceptos deben sentirse como poseedores de una aplicación universal y ser válidos para los tipos de contextos sociales y culturales más variados.
b) Sus valores deben ser sentidos como desafíos reales a un nivel personal, cuya vivencia y puesta en práctica podría lograr una mejora substancial en lo personal y lo social.
c) Sus propuestas han de poder ser aplicadas en interacciones diarias de forma concreta e inmediata.
d) Su paradigma ha de presentar el potencial de ser transformador en el sentido de lograr la mejora universal de la/s sociedad/es y los individuos Al ser introducido en las interacciones diarias ha de ser capaz de promover situaciones positivas y pacificadoras en la forma en que la sociedad opera.

La puesta en práctica de una política integral

El espíritu de la política integral se caracteriza por ciertas cualidades que han sido resumidas con anterioridad por Jordan y Wilber entre otros (Jordan, 1997, 1998a, 1998b; Wilber, 2000a).
a) Una política integral se caracteriza por no adherirse a ninguna identificación exclusiva o sistema único de interpretación. Mientras que todas las personas pueden tener una perspectiva favorita, se es consciente de que todas ellas tienen sus valores intrínsecos y sus limitaciones.

b) Disolución de odios y enemistades. La perspectiva postconvencional-integral ve las acciones como resultado de procesos y contextos muy complejos en donde inciden multitud de factores de índole física, psicológica, social, económica, histórica, cultural, intelectual, política y espiritual. Constituyen por lo tanto complejas cadenas de sistemas donde se hace difícil señalar culpabilidades únicas y momentos determinantes. A partir de ahora existen problemas que hay que tratar de resolver más que luchas que hay que luchar.
c) Habilidad para manejar con éxito tensiones entre valores universales y aquellos centrados en intereses grupales. Esto presupone la necesidad de una capacidad de discriminación extraordinariamente sensible sobre las motivaciones abiertas y ocultas en el mundo de la política y de las relaciones humanas.
d) Discriminación entre acciones en nombre del interés común e intereses personales. Es imprescindible distinguir entre ambos para dejar a un lado toda manipulación interesada de individuos o grupos, tanto como para poder contrarrestar cualquier efecto basado en la hipocresía o en los intereses personales.
e) Apertura a la autotransformación. Permite y estimula una evaluación crítica de in-grupos y grupos externos por igual (Vía Crítica, Crítico-Constructiva o Cuarta Vía de Wilpert) (Wilpert, 2000).
f) Respeto al verdadero contenido de todas las ideas e ideologías. Este punto incluye la consideración de respetar los diferentes estadios evolutivos sin mezclas desarraigadas o caóticas.
g) La visión postconvencional critica las limitaciones de toda política monolítica. Esta visión aconseja: 1) La creación y descubrimiento de metas supraordinarias que incluyan a la sociedad entera; 2) El desarrollo de encuadres políticos de un orden superior; 3) La búsqueda de referentes simbólicos universales y comunes a todas las partes enfrentadas que se hallen por encima del nivel causal del conflicto (perspectiva supracultural y supralaberíntica).
h) Sobre la naturaleza del bien y del mal en el mundo de lo sociopolítico. Se define el mal en la política (patocracia) como un bajo nivel de conciencia, aparte de como un bloqueo que impide el ascenso del mal al bien. Por el contrario, se interpreta el bien como el resultado de un elevado nivel de conciencia (Chopra, 2000). Asimismo, el mal es lo que impide el paso de la parcialidad a la totalidad y/o de lo deficiente a lo completo. De esta manera, el bien y el mal también pueden ser radicalmente enfocados desde una perspectiva evolutiva, hecho que ha sido subrayado asimismo en estudios recientes sobre la esencia íntima, causas, características, caracterología y problema de la existencia del mal, tanto en el mundo de la política como en la vida humana en general (Peck, 1983; Harguindey, 1999, 2000a, 2010).
i) Finalmente, lo integral propone un proceso de crecimiento e individuación colectiva y, simultáneamente, otro paralelo de colectivismo individualizado y solidario.

MODELOS, ESTADIOS Y DIMENSIONES EVOLUTIVAS
DE LA CONCIENCIA POLÍTICA (Eds)

II (ED2)

Modelo preconvencional, colectivista
(ancestral, matrilineal) Premodernismo Preindoeuropeo Comunalismo (vasco, otros) Marxismo
Ego eco-lógico Homogeneización, igualitarismo Democracia interna
Política interiorizada (cualitativa, excluyente) Sociedad/es cerrada/s Antijerarquia
Crecimiento plano (intratelúrico-horizontal) Conciencia bidimensional
Pre-egoico: preverbal-sentimental Mítico-racional (pre-racional) Lógica del corazón
Mente emocional
Ojo de la carne (instinto, sentimiento) Pensamiento secuencial
El centro del ser: "El pueblo indígena" "El ayer (mítico) como hoy" (regresivo) Religiosidad panteísta-atea
Dios= Diosa/Madre/Tierra
Matriarcalismo
Tiempo cíclico (edénico, ¿preedipico?) Visión del Mundo 2 (VM-2)
(cosmovisión parcial A, monológica) Hiperdualismo
C:IC(*): pobre
DE-V-memes (**): PÚRPURA/ROJO

III (ED3)
Modelo convencional, individualista(neo-ilustrado, patriarcal-lineal) Modernismo
Europeísta
El Sistema (occidental)
Neoliberalismo
Ego ego-céntrico Competitividad Democracia externa Política exteriorizada
(cuantitativa, globalizadora) Sociedad/es abierta/s Jerarquía
Crecimiento vertical (telúrico-ascendente) Conciencia tridimensional Egoico: verbal-mental.
Racional, Lógica de la razón ilustrada
Mente reduccionista-analítica
Ojo de la mente
(racionalismo moderno) Pensamiento lineal
El centro del ser: "El individuo"
El hoy como ayer y mañana (bloqueado)
Religiones dualistas (ortodoxias) Dios= Padre/Cielo (excluido, alejado) Patriarcalismo
Tiempo lineal (caída en el ego, postedípico) Visión del mundo 1 (VM-1)
(cosmovisión parcial B, monológica) Dualismo
CIC(*): moderada
AZUl/NARANJA VERDE

IV (ED4)

Modelo postconvencional, mixto (individualismo colectivista) Mestizaje (híbrido) Post/Transmodermismo
Cosmocéntrico (mundocéntrico-planetario)
El Nuevo Paradigma (Oriente-Occidente) Política Integral (Polítíca-II)
Ego autotrascendente (Trans-ego)
Com partir (diversidad sinérgico-enriquecedora) Democracia profunda
Política objetivo-subjetiva
(incluyente de la totalidad) Sociedad/es universal/es Holarquía
Crecimiento holonómico
(integrado, mixto-ascendente)
Cuartidimensional (cuántico-relativista) Trans/metaegoico (postverbal)
Transracional (intuitivo, visión-lógico) Lógica transmental (supraindividual) Mente cósmica (transpersonal)
Ojo contemplativo
(místico-unitivo, autotrascendente)
Pensamiento cibernético (interrelacional)
El centro del ser: "El Cosmos ("vacío vivo")
Ayer, hoy y maiñana como uno (tiem po abierto integrado) Fi losofía Perenne (espiritualidad unitiva, advaitismo)
Dios=Haciéndose-Desplegándose (impl icado) Fratriarcalismo
Eterno Presente (cíclico-lineal, atemporal/transtemporal) Cosmovisión integrada
(VM-1 + VM-2) (omniabarcante, bilógica-integral)
Adualismo
CIC(*) : elevada AMARILLO/TURQUESA

(*) CIC:Capacidad de integración de la complejidad
(**) DE: Dinámicas espirales - V-memes: memes de valoración
(

Modificado de Harguindey, 1999)

Referencias

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Salvador Harguindey, 2011

jueves, 28 de octubre de 2010

Sinopsis de "La Resurrección de Peter Pan-el retorno al Paraíso"

Sinopsis de la novela:

LA RESURECCIÓN DE PETER PAN
(El retorno al Paraíso)

Autor: Salvador Harguindey

Esta novela, dedicada al sufrimiento infantil,, se encuadra dentro del relato heroico y épico, pero puede ser asimismo considerada desde una brutal crítica social a un libro para la transformación, tanto personal como global. No parece exagerado el hecho de que la portada la defina como “la historia más revolucionaria y espiritual jamás imaginada”.
La historia se disfraza de cuento de niños, aunque esté dirigido a adultos. En ella se mezcla lo infantil, tratado humorística e irónicamente, siguiendo el estilo del texto original del “Peter Pan,” mezclado con aspectos espirituales de los seres humanos y sus enfermedades psicológicas, abarcando desde lo más caótico y trágico a la exaltación y triunfo final sobre toda desgracia y fatalidad.
Esencialmente, intentar reflejar los mayores logros humanos de los héroes de la literatura y de la historia universal de todos los tiempos. Aquí el héroe mítico es un resucitado Peter Pan, al que un ángel llamado Campanilla le transporta a las gestas de Ulises, Fausto, La Divina Comedia de Dante, El Paraíso Perdido de Milton, etc., para ayudarle a superar los grandes conflictos y dificultades que se presentan a lo largo de su vida, lo que puede recordar en cierto momentos al viaje de aprendizaje, transformación e iniciación seguido por el personaje central de la película “Avatar” (ver: salvadorharguindey.blogspot.com).
A lo largo del relato la resurrección de Peter Pan transforma a los caracteres principales del cuento original de James Mathew Barrie en personajes tanto bíblicos como del Nuevo Testamento. La lucha del Bien contra el Mal, antes y ahora, se convierte en la de un Peter Pan resucitado que adquiere el papel de una “segunda venida” de Cristo, o Parusía, contra un Capitán Garfio que representa al Diablo, Satanás, Hitler, etc. Asimismo el argumento, trata simbólica y alegóricamente, del final de los tiempos, la naturaleza del Mal, el Apocalipsis, el Diablo en la Biblia y en la sociedad moderna, el espíritu místico, la llama del amor como “flechazo amoroso”, et.), hasta el advenimiento de una Nueva Era, todo descrito como un cuento de niños, incluso de forma cómica. Así cada lector puede acceder al punto donde se halle en un momento determinado de su evolución personal y desarrollo humano - lo que se conoce como una lectura polisémica, es decir, que puede ser comprendida a diferentes niveles.
Finalmente, el triunfo final del Bien sobre el Mal recobrará el Paraíso Perdido, siguiendo alegóricamente la Biblia desde el mito de la inicial caída edénica en el Génesis hasta su triunfo en la batalla de Harmagedón del Apocalipsis de San Juan, todo ello integrado dentro de un relato aparentemente infantil, con el triunfante retorno final a un recobrado Paraíso Terrenal.
Por otra parte, este relato puede considerarse como un estudio psicológico de la naturaleza humana, con sus enormes conflictos y situaciones límite, desde sus caídas en los más profundos y caóticos abismos psicológicos y espirituales a sus más sublimes y elevadas exaltaciones. Todo ello consigue llevar finalmente a la transformación de la conciencia y a su ascenso y liberación. Asimismo se reinterpretan aquí hechos psicológicos fundamentales en la mayoría de los seres humanos, como el Complejo de Edipo, el síndrome de Peter Pan, la esquizofrenia juvenil, el problema del Mal, la crisis global que padecemos en la actualidad, etc., por lo que este relato, a pesar de ser novelado, puede asimismo considerarse como un libro de autoayuda, tanto personal como social.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Peter Pan era diabólico y narcisista", El Correo, 13 de Octubre, 2010

Salvador Harguindey Escritor y médico oncólogo
«Peter Pan era diabólico y narcisista»

El escritor resucita al personaje de James Barrie en su última novela "La Resurrección de Peter Pan-el retorno al Paraíso", y lo transforma en un ser luminoso, alter ego de Jesucristo.
.

Las vidas de grandes sabios y maestros espirituales confluyen con personajes de la cultura popular y la literatura infantil en 'La resurrección de Peter Pan (El retorno al Paraíso)' (Ediciones La Llave RH). Su autor, el escritor y oncólogo Salvador Harguindey, ha unido todo en una novela que, bajo una superficie de aventura, símbolos y metáforas, guarda mucho más.

-Parte del personaje creado por Barrie. ¿Cómo es ese Peter Pan?
Mi interés en Peter Pan es el mismo que en Fausto de Goethe. Uno vende su alma al diablo por ser eternamente joven y el otro es el mismísimo diablo. Como dijo Barrie, era diabólico. También se ha dicho que es el símbolo de un fascista autoritario o un líder nazi como Hitler. El libro original se puede leer como un cuento de niños o como un estudio psicológico de la maldad humana.

-¿Y en su libro?
Lo que he hecho es matar a ese Peter Pan y resucitarlo como lo contrario de ese ser diabólico, narcisista, egocéntrico, y convertirlo en lo contrario, que es la imagen de la personalidad de Cristo.

-Cuando regresa, su aspecto externo cambia. Ya no viste de verde, sino de un blanco reluciente. ¿Hay un aspecto metafórico en toda la historia?
Totalmente. Él resucita como la Biblia dice que lo hace Jesucristo: vestido de blanco lino. Ya es otra persona. Peter Pan sufre una transfiguración de su personalidad y es criticado por Campanilla, que es una especie de ángel anunciador. Los personajes son simbólicos. El capitán Garfio representa al diablo, al mal, pero también los aspectos diabólicos de la sociedad moderna como egocentrismo, megalomanía, narcisismo, violencia, trivialidad y estupidez.

-Quien le escuche puede hacerse una idea equivocada del libro. Tiene varios niveles de lectura y, uno de ellos, es el de un cuento largo.
Es un cuento y se puede leer como una historia infantil, como 'Peter Pan' o 'Alicia en el País de las Maravillas', que tienen estructuras muy complicadas. Depende de la evolución espiritual de cada uno y del grado de madurez que haya adquirido.

-¿En qué medida?
Para unos es un libro cómico y para otros -y para mí- es una dedicatoria al sufrimiento infantil y a lo absurdas que parecen las cosas, dejando siempre un hilo de esperanza casi trascendental.

-En el libro hay una presencia del escritor, sobre todo cuando algún personaje sale de la pantalla del ordenador y le habla. ¿Por qué?
El escritor es un narrador de lo que los personajes le están diciendo. En ocasiones, salen para decirle que se ha confundido, y le corrigen. Así que no es un escritor, sino un escribano. También estudia los grandes conflictos del alma humana, la sabiduría femenina o la lucha entre el bien y el mal, con grandes reminiscencias de la Biblia, el budismo o el taoísmo. Pero todo lo que vemos como el mal lo es de la conciencia, así que es casi un libro de autoayuda, para ascender a un nivel de conciencia más místico. Va del caos al éxtasis, como sucede en el final de grandes obras de la humanidad, que acaban igual.

-¿Por ejemplo?
'Fausto' de Goethe, 'La Divina Comedia', de Dante, 'El Paraíso Perdido' de Milton o el Ulises de Homero. Y como en 'Avatar'.

- Al igual que en otras obras, hay un viaje iniciático. ¿Hasta qué punto le sorprendió hallarlo también en el filme 'Avatar'?
Incluso escribí un artículo en español y en inglés, 'Lo que los ojos no ven'. Se puede leer en internet -http://salvadorharguindey.blogspot.com/- y ha tenido más de 20.000 lectores en unos meses. Interpreto la película, desde el punto de vista espiritual, a raíz de lo que yo ya sabía y que está en mi libro. Es el mismo viaje iniciático. La crisis, la transformación de la conciencia, el ascenso al nivel superior espiritual y el triunfo final sobre el mal.

-¿Cómo ha buscado el punto de equilibrio entre lo espiritual y lo novelesco?
Este tipo de literatura no se escribe con el nivel de la mente racional, sino trans o suprarracional. He tardado 25 años en hacerlo, y no tiene mucho que ver con el texto original, que era muy caótico.

-¿Qué le gustaría a usted que el lector hallara en su libro?
Un ascenso de sí mismo. Y una posible vida de solución de tragedias y problemas personales. Para eso lo he publicado. A mí me ha permitido, de momento, ser más querido y apreciado por la gente que me conoce.

viernes, 19 de marzo de 2010

Psicología y religión en la película“Avatar”. “Lo que los ojos no ven”.

Indudables son los méritos estéticos, los valores éticos de una visión naturista-ecológica y los efectos emocionales y sociológicos que está produciendo el fenómeno cinematográfico “Avatar” a lo largo y ancho de este planeta. Sin embargo, la profunda simbología, el trasfondo psicológico y las connotaciones religioso-espirituales de la película merecen consideración aparte. Por lo tanto, tratemos ahora de ver en Avatar “lo que no se puede ver con los ojos”. En otras palabras, ese “Yo te veo” interiorizado y espiritualizado de la película de James Cameron.
 

El concepto original de la palabra “Avatar”, proveniente de la literatura mitológica hindú, se refiere a la reencarnación de Dios en una divinidad que posee el poder de la luz, la iluminación espiritual. Así, cada Avatar es una manifestación de la Divinidad, un elegido, una reencarnación y descenso de una deidad sobre la tierra. En esta película, uno que sobre la tierra de los místicos bosques del planeta Pandora corre descalzo hacia lo desconocido. La palabra o concepto de “Avatar” también se utiliza para referirse a encarnaciones de Dios en maestros muy influyentes de otras religiones aparte del hinduismo, como cuando se trata de explicar personajes como Cristo.

“Avatar” representa principalmente un “viaje iniciático”, es decir, la historia de una experiencia profunda en la que un individuo se encuentra en situaciones hostiles que harán que su personalidad cambie después de que toma conciencia de sí mismo, de la realidad externa o de poseer una importante misión en la vida. A lo largo de dicho viaje su carácter y espíritu se van modificando logrando una mejora en su persona después de lograr superar una serie de situaciones casi imposibles de superar humanamente. Este tipo de experiencias, físicas pero sobre todo psíquicas y anímicas, una vez superadas, harán que el personaje logre concluir su misión a la vez que completa un proceso de transformación de su conciencia. El término hace asimismo referencia a aquel viaje que conduce al individuo a la iniciación espiritual, lo que hace que estos viajes siempre tengan un horizonte, una meta, estando sus etapas bien delimitadas a través de diversos ritos de pasaje de creciente dificultad. Una tercera acepción de este concepto lo define como un viaje de conocimiento, en el que una persona desconoce, ya sea bien algún lugar hasta entonces inexplorado a una más amplia perspectiva o significado de la vida, y a través de un viaje iniciático lo descubre. Es un viaje sólo para héroes, sean reales o ficticios.

La crisis de la transformación de la conciencia del soldado Jake Sully en “Avatar”, evolucionando desde la de un marine parapléjico hasta convertirse en el Avatar de una nueva era para el pueblo Na’vi, constituye el proceso seguido por todo viaje iniciático. 


Sin embargo, este sistemáticamente conlleva y exige una necesaria y dolorosa caída en una profunda crisis, hasta cierto punto chamánica, con sus conocidos estadios de ruptura, caída, separación, soledad, lucha, regreso, superación y ascenso hasta llegar al éxtasis, triunfo y trascendencia final. Lo que a pesar de todo en ocasiones acaba en la muerte del héroe o personaje en cuestión. Casi lo primero que hay que hacer es acopio de valor para adentrarse, físicamente y sobre todo a nivel de la conciencia en la peligrosa selva de lo desconocido. Por eso una de las primeras cosas que la princesa Neytiri le dice al clon avatar de Jake es:“Tú no tienes miedo. Sígueme.” Palabras con las que da a entender que Jake ha superado esa segunda prueba, la superación del miedo, y está en condiciones de proseguir adentrándose en la jungla de su propio viaje iniciático, que es, físicamente, lo que hace: jugarse la vida siguiendo a Neytiri y sus peligrosas correrías en la selva y precipicios que la rodean.

Dicho proceso iniciático recuerda la estructura de otros grandes episodios épicos de la literatura universal que siguen esa misma dinámica psicológica, tales como el Ulises de Homero, el Paraíso Perdido de Milton, el Fausto de Goethe, el Hamlet de Shakespeare, la Divina Comedia de Dante, etc. Y como sabemos que “ninguna crisis se supera al mismo nivel que se originó”, según dijo Einstein, una vez que el clon Jake es expulsado del pueblo Na’vi, ello le obligará a presentarse de nuevo ante él y ante su amada Neytiri desde una posición espiritual más elevada que la anterior que le permita recuperar la antigua credibilidad ahora perdida. Para ello ha de domeñar al “Gran Dragón escarlata”, otro sinónimo bíblico del Diablo, del que, por si fuera poco, se nos dice que representa “la última sombra”. Después de someterlo/la, Jake retorna, sin sombra alguna ya, como espíritu iluminado y alma pura, ante el clan de los Omitacaya, que inmediatamente le reconocen y veneran como su Avatar y redentor.

Mientras, la confrontación, lucha y guerra en “Avatar” surge inevitablemente del cortacircuito que estalla entre dos estadios de la conciencia cuya interacción ha teñido de sangre la faz de la tierra al menos desde hace veinte siglos. El primero es el estadio III, o llamado del “ego”, con sus valores autoritarios y patriarcales: ego-céntricos, egó-latras, ego-ístas, megalómanos y narcisistas. Este estadio es el que conforma el nivel evolutivo de la conciencia de las violentas religiones dualistas y oficiales de Occidente que han originad tanta crueldad humana (cristianismo /catolicismo medieval, judaísmo e Islam), siendo el nivel de conciencia, individual y global, que caracteriza a la inmensa mayoría de una civilización (?) cada vez más incivilizada. Desde una perspectiva religiosa, este nivel de la conciencia humana, “meme”, estadio III, o personal, egoico, dualista y convencional, exige la existencia de un concepto de Dios asimismo personal y antropomórfico, un ente separado y trascendente que premia a los buenos y castiga a los malos, poseedor además de una voluntad paralela a la de los hombres. Concepto éste que el mismo Einstein denostó como infantil, incomprensible e inaceptable, y cuya creación en la mente humana a consecuencia del miedo probablemente, al menos si analizamos las consecuencias, ha constituido el mayor dislate de toda la historia de la humanidad, originando y siendo la causa primordial de la mayoría, si no todas, sus guerras a lo largo y ancho de la historia de este sangriento planeta.

En “Avatar” este estadio de conciencia lo representan, en terminología Na’vi, unos invasores llamados “demonios venidos del cielo”, que ahora campan y acampan a sus anchas en una base militar norteamericana situada en un satélite del planeta Polifemo llamado Pandora. La razón: un material precioso (valorado en 20 millones de dólares el kilo, casi nada), conocido como el “unobtanium” (del inglés “unobtainable”, o sea, algo difícil o imposible de conseguir), cual paralelismo del tristemente famoso “coltán”. De este tesoro escondido debajo del Árbol Madre, hogar del clan Omitacaya de la raza Na’vi, se ha dicho que representa una clara referencia a la ambición norteamericana por el petróleo ajeno que motivó la guerra de Irak. Para apropiarse del precioso mineral, el rudo e insensible jefe se seguridad de la base, el coronel Quaritch, cual nuevo bárbaro y primitivo salvaje siempre dispuesto y deseoso de poder llevar a cabo las actuaciones más crueles y violentas posibles, justifica una guerra que sucede cuando alguien tiene algo que tú quieres y se niega a dártelo y que “al terror se le responde con el terror”. Como evidente alter-ego o reencarnación psicológica del infame teócrata George Bush, el personaje de Quaritch nos recuerda demasiado, lamentablemente, a su patético antecesor en la vida real.

Muy al contrario, la civilización de humanoides Na’vi del planeta Pandora, nos confunde, afortunadamente, ya que siéndonos inicialmente presentados como una tribu de salvajes primitivos e indiferenciados, nos muestran por el contrario una actitud vital y religiosa mucho más espiritual, ecológica, elevada, compasiva e integrada en la vida y en la naturaleza (estadio IV, adualista, transpersonal, supraegoico y postconvencional), propia de una conciencia individual y global más evolucionada y ascendida, a la vez que portadora de claras reminiscencias jainistas, pero sobre todo budistas, donde incluso a los animales se le otorga un espíritu cuando, refiriéndose a un animal cazado y muerto por necesidad, el clon Na’vi de Jake dice: “Ahora su espíritu está con Aiwa. Su cuerpo formará parte del pueblo”. Para añadir Neytiri:“Una muerte limpia. Ahora estás preparado”. Palabras con las que da a entender que Jake ha superado la prueba de pureza y está en condiciones de acceder al inicio de un viaje iniciático.

A este estadio superior de la religiosidad se le conoce como “panenteísmo místico”, término que expresa que “toda la Naturaleza está viva e integrada en Dios, o en la Diosa”, sin dualismo alguno ni separación en el tiempo ni en el espacio. Hay que aclarar que “pan-en-teísmo” (significa: toda la naturaleza-en-Dios) es un concepto muy diferente de un “pan-teísmo” ateo puro y duro, que defiende que “la totalidad de la naturaleza es Dios”. El Dios del panenteísmo es el creador y la energía vital del universo, así como la fuente de la ley natural. La religiosidad Na’vi se mueve a ese nivel, lo que Goethe denominó “La Religión de la Naturaleza”, siguiendo a su vez la terminología del filósofo Espinoza para definir el estado más elevado posible de sentimiento religioso. Un estadio que se halla un escalón, ¡y vaya escalón!, por encima del de toda religión monoteísta y oficial de cualquier Iglesia ortodoxa, todas presas y estancadas hasta el día de hoy en el dualismo más feroz (ver: Goethe, en: “Conversaciones con Eckermann”, 11 de marzo de 1832). Incluso Einstein dijo que esta integración entre cuerpo-mente-espíritu constituye la única religión posible, el estadio más elevado y evolucionado del espíritu, así como la única esperanza racional a tanto desvarío evolutivo. Más recientemente, un concepto paralelo denominado “espiritualidad integral” ha sido acuñado por el filósofo norteamericano Ken Wilber, quien a su vez coincide en que si hay una razón para la existencia de la religión, o de las religiones, es la de ayudar a los seres humanos a evolucionar a través de sus conciencias en orden a conseguir ascender en espíritu a los niveles más elevados posibles hasta llegar a la unidad indivisible con una Divinidad inmanente-trascendente (como enseñan las cosmovisiones espirituales más pacíficas y pacificadoras de las religiones no-dualistas, tales como el Hinduismo, Budismo, Taoísmo, Advaita Vedanta, aparte de Plotino, Espinoza, Schopenhauer, Panikkar, San Juan de la Cruz, e incluso ese “Dios y yo somos uno” de Jesús de Nazaret, etc.). Y es que “nuestro enemigo es el dualismo”, ha aseverado certeramente Raimon Panikkar.

Ciertos conceptos de la Psicología Transpersonal ayudan a una interpretación simbólica más profunda desde la escena inicial entre el clon de Jake y el caballo pandoriano, que al principio derriba a su montura, o mejor sería decir, a su “montura y a su ego”, tal como a un nuevo Pablo de Tarso camino de Damasco. Algo similar sucede en la doma de ese gran pajarraco que lo elegirá a él para que sólo Jake pueda montarlo el resto de su vida. Pero Neytiri le avisa que antes de permitir montarle y domarlo “tratará de matarte”. ¿Y que es eso que llevamos encima los seres humanos durante toda la vida y que intenta matarnos, esa fiera que debemos primero domar y luego superar y trascender? …El maldito ego. Una vez superada esa nueva prueba iniciática y rito de paso, la unión final de caballo y hombre, en cuerpo y mente, conformará el “Centauro”, o lo que es lo mismo dos seres en uno ya para siempre, sin separación alguna ni restos de dualismo. Precisamente, dicho nivel de la conciencia no-dual, o adual, ha sido denominado “centáurico” por Ken Wilber, ya que existe “más allá del ego” propio, y definido por el mismo Wilber como “el gran nivel de la integración de la mente, el cuerpo y las emociones en una unidad del más elevado orden, una ‘totalidad profunda’”. Es ese momento crucial de salto psíquico y superación de la crisis personal/transpersonal lo que lleva a Pablo de Tarso, ahora más comprensiblemente, a decir: “Ya no soy yo sino Cristo que vive en mí”. Paralelamente, Jake Sully ya no es el Jake anterior sino que desde ese momento ha comenzado la transferencia de su ser y personalidad al Avatar Na’vi que vive en él y en el que él vive, y al que por su pureza “eligen” los espíritus más puros del Árbol sagrado en forma de blancas, semitransparentes e innocuas medusillas volantes.

El gran problema en muchos seres humanos surge cuando para ascender del violento y competitivo estadio dominante de la egocéntrica conciencia III al más benévolo, integral, compasivo y post-convencional estadio IV, se nos exige atravesar una gran crisis personal, tanto a nivel físico como de conciencia, incluso experimentar una “muerte psicológica” como gran exigencia y crucial rito de paso. En este sentido, la psicología moderna nos ha enseñado que antes de renacer es necesario morir; pero de forma similar también sabemos, gracias a la psicología y filosofía iniciática, así como propuesta simbólica, mística y parabólica del Nuevo Testamento, que “el que quiera salvar la vida la perderá y el que la pierda la ganará”. Esa es la demanda, insoslayable, pero ahora también más comprensible, de la ceremonia de paso y gran prueba crítica, tal como le ocurre al héroe Jake Sully en la película. Todo ello refleja lo que es conocido como “la crisis del ego narcisista”, en la terminología de la Psicología Transpersonal.

Al ascenso hacia el despertar de una nueva conciencia, al que Jake Sully se refiere literalmente al principio de la película con un subliminal “en algún momento hay que despertar”, el malvado jefe de seguridad de la estación espacial “Puerta del Infierno” lo llama “traición a tu raza”. Desde ahora la inevitable guerra entre dos estadios de conciencia evolutivamente diferentes, y por ello psicológicamente confrontados, está servida. A partir de ese instante no hay vuelta atrás, se ha llegado a un punto de no-retorno. Desde ese momento, para volar en las naves espaciales sólo podremos utilizar VFR, por “visual flying rules”, o reglas de vuelo visual, o como nos lo traduce informalmente la piloto Trudi Chacón, vete por donde veas. El brusco cambio evolutivo que sufre desde ese momento la perspectiva vital de la conciencia del parapléjico Jake - junto con los bemoles que ha de tener todo aspirante a héroe para ascender de un estadio al otro -, hace que el soldado Sully nos imbuya, mientras se va imbuyendo a sí mismo sin darse cuenta, de algunos de los conceptos claves del Budismo, tales como la reencarnación, cuando dice: “Una vida acaba y otra comienza”, o, en el momento que su mente y espíritu van a trasferirse a los de su clon: “Será como volver a nacer”. Esto coincide a la perfección con la aseveración de Wilber para definir el concepto de “héroe”, de “sanador herido”, como “aquel que intenta saltar al próximo estadio de la conciencia”. Y es que todo viaje iniciático, por muy héroe que uno sea o se crea, es un ascenso muy difícil, peligroso y solitario hacia su cumbre. Por fin, en la escena final de “Avatar” se llega a una transmigración completa del espíritu o alma de Jake al de su Avatar. Jake, el ser humano, muere, dando su vida cual salvador de “la humanoidad Na’vi”, pero resucita, a modo del símbolo de la resurrección de Cristo o de una reencarnación búdica al lograr trasmigrar totalmente - ahora ya no depende de la máquina transportadora de su mente humana a la del Avatar Na’vi -, reviviendo autónomamente en su cuerpo clonado al abrir los ojos en el instante final, mientras su cuerpo humano yace inerte a su lado, muerto.

Desafortunadamente, la botánica Grace Augustine, interpretada por Sigourney Weaver, no consigue sobrevivir a sus heridas, pero su alma es integrada en el Árbol de los Antepasados-Árbol de las Almas, que está en íntimo contacto con la Diosa Madre Aiwa, y a través del que se manifiesta la trascendencia del espíritu. Y es que la sabiduría divina verdadera (mágica) siempre se nos ha mostrado escondida en un espléndido Árbol con un gran contenido simbólico colocado por la Divinidad en cualquier maravilloso Paraíso. En Pandora es el Árbol de las Almas de la Diosa matriarcal y en el mito de Edén es el Árbol de Dios Padre patriarcal (un Dios personal que los hombres interpretarán y al que darán vida como “un alguien” cada vez más sojuzgador, autoritario y hasta vengativo). Finalmente, al menos desde el punto de vista estético, los polvorientos escombros de la destrucción del matriarcal Árbol Madre en “Avatar” a algunos espectadores les han recordado a los del World Trade Center durante aquel maldito 11 de Septiembre de aquellas fálicas Torres Gemelas, hasta entonces símbolos del imperialismo, la fuerza, el poder y el dinero patriarcal. ¿Casualidad o guiño intencionado? Habrá que preguntárselo al director de la película.

Posteriormente, Jake se vinculará al Árbol sagrado para tratar de trasmitir sus oraciones y rogar por la protección del pueblo Na’vi a través de la intersección del alma o espíritu trascendido de la fallecida Grace con la deidad de la Madre Naturaleza Eywa. Jake pide ayuda al mimso tiempo que se reconoce como “el elegido de la Divinidad”. La conexión no es una falacia o invención, ni un primitivo vudú, se nos dice en el film mientras segumos luchando con las incómodas gafas de 3D. “¡Funciona!”. ¡Y vaya que si funciona!, añaden/añadimos algunos gnósticos. Un hecho que se demuestra o comprueba en el film cuando la princesa Neytiri grita exaltada y exultantemente a Jake: ¡Eywa te ha oído”!”, al tiempo que todos los animales salvajes de Pandora se ponen de parte del pueblo en su batalla de Harmagedón contra “los demonios venidos del cielo”. Ahí, en las triunfantes y flotantes “Montañas Aleluya”, en cuyos parajes y cumbres tendrá lugar “la salvación” en una apocalíptica y milagrosa victoria final contra el Mal. Eywa, la deidad de la que Neytiri nos había dicho que “no toma partido, sino que sólo mantiene el equilibrio de la Naturaleza” (una Naturaleza deificada a lo Rousseau, aunque mejor a lo Goethe o a lo Lao Tse, por aquello de no caer en la famosa “Falacia Pre-Trans”), por fin se ha puesto del lado del Bien. El cuento de Hadas en el que el príncipe azul vence al Dragón y lo mata para liberar a la princesa de sus garras y luego casarse con ella, está llegando al final. Y colorín, colorado…

Aparte de la influencia que sobre el director de “Avatar” parece que hayan podido tener la sabiduría de los escritos antropológicos de un Mircea Eliade, en una reciente entrevista Cameron ha manifestado: “He procurado seguir la Biblia al pie de la letra”. ¡Evidentemente es así! Sólo hay que darse cuenta, ¡qué casualidad!, que en su revolucionaria, o mejor dicho, “evolucionaria” película, la estación espacial de los militares americanos se llame “La puerta del Infierno” (“Hell´s Gate”). ¿Y qué es lo único que se supone que puede salir de la puerta del infierno? Pues el Diablo, claro; en este caso con la forma de una aterradora nave nodriza comandada por el coronel Quaritch, junto con sus naves escoltas de ángeles caídos, una lanzadera curiosamente llamada “Dragón”. Otra “casualidad” ésta, si se tiene en cuenta que “dragón” es la palabra repetidamente empleada en la Biblia para definir al Diablo (“Fue arrojado el dragón grande, la antigua serpiente, llamada Diablo y Satanás, y fue precipitado a la tierra y sus ángeles fueron con él precipitados” (Apocalipsis 12:9). La Biblia también denomina al Diablo: “el Dragón escarlata venido del cielo” (Apocalipsis 12:3). Coinciden hasta los colores con el Gran Dragón que doma el clon Jake para dejar atrás y debajo suyo, o sea, superada, “la última sombra” que pudiera oscurecer su espíritu. La metáfora es que al montarlo y domeñarlo, Jake ha vencido, aunque todavía sólo interior y espiritualmente, al Diablo, al Maligno. Ahora es el Avatar elegido por la Providencia, y así se lo reconoce el clan Na´vi al retornar Jake con ellos.

Por fin el Bien ha vencido al Mal, al menos en el ficticio planeta Pandora. Pero por algo se empieza, no desesperemos. En un momento del film el Na’vi Jake había dicho a la diosa Ewya: “Yo soy el elegido”, otra conocida denominación de Cristo como elegido de Dios (o hijo simbólico). Así se constituirá, merced a la actividad mística de la Ley Natural (llámese el wu-wei taoísta o el èlan vital de Henri Bergson) en el redentor y salvador de la “humanoidad” Na’vi.

Es de esperar que el Avatar Jake y la conciencia Na’vi también contribuyan a corto-medio plazo a que esa humanidad en la que el hombre moderno del Mundo Feliz de Huxley ha perdido el alma, la compasión, la unidad, el respeto por el planeta, y en su ansia fáustica por dominar la siempre invencible naturaleza aun al precio de destruirla y destruirse a sí mismo, casi ha acabado con toda la vida en general, humana, animal y vegetal. “En la tierra han acabado con todo lo verde”, dirige un último mensaje “Avatar” a lo que queda de esa civilización occidental que se ha transformado en poco más que una “incivilización accidental”. “La humanidad tendrá lo que la humanidad merezca”, comenta al respecto el eco de las palabras de Albert Einstein desde el más allá, aunque él no creyera en eso, al menos en el plano personal. Al final, a los vencidos, humillados e inhumanos seres humanos de Pandora se les obliga a retornar, merecidamente vencidos a “su planeta moribundo”. Y es que ha sido la humanidad “civilizada”, en Oriente y Occidente, la que hace tiempo que ha abierto la mítica Caja de Pandora liberando todos los males y desgracias humanas: la avaricia, el crecimiento insostenible, el egoísmo y materialismo desenfrenados, la explotación, la pobreza, la polución, la vejez, la enfermedad, la fatiga, la locura, el vicio, la pasión, las tragedias ecológicas, la crueldad con los animales, la violencia política e interétnica, el crimen, etc. Todo, menos la esperanza. Aunque, tal vez, todavía no esté todo perdido. Tal vez aún tengamos una segunda oportunidad. Tal vez encontremos algún resquicio para salir de este creciente infierno. Tal vez...

© 2010, Salvador Harguindey

Dr. Salvador Harguindey
Director, Instituto de Biología Clínica
Oncología Médica y Endocrinología
Miembro, Sociedades Norteamericana y Española de Psicología Transpersonal